Regresar a la producción sin bajar la guardia.

Por Jaime Flórez

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La verdad es que no existe una estrategia con efectos comprobados de lo que sería una salida a la crisis del coronavirus, particularmente en lo que tiene que ver con la manera en que nos proponemos recobrar la normalidad, si es que a lo que resulte después que pase todo esto, podemos llamarlo ‘normalidad’. Vivimos tiempos difíciles y en circunstancias como éstas, es común que las personas asuman posiciones firmes y las defiendan a uñas y dientes.

Una vez más, estamos polarizados. Vamos por partes, tenemos evidentemente tres aspectos fundamentales de la crisis, que están íntimamente relacionados entre sí. Por un lado está el sanitario, las personas se enferman, unos contagian a otros, el virus es inclemente, se esparce de manera muy peligrosa, afecta a gente de todas las edades, puede sobresaturar la capacidad hospitalaria, en fin todo eso que ya estamos, literalmente, cansados de saber.

Por otro lado está el aspecto económico, porque la pandemia del Covid-19, como hoy la conocemos, ha traído como consecuencia inmediata una debacle económico-financiera de proporciones exponenciales, que dará al traste con el crecimiento económico de todo el planeta. Ya en los Estados Unidos, ha generado niveles de desempleo cercanos al 15 por ciento, y cada uno de nosotros tiene que haberse dado cuenta que en su entorno cercano ya hay amigos y parientes que se han quedado sin trabajo y sin forma de sustento, y lo que es aún peor, no tienen ni idea de cuando las cosas van a comenzar a mejorar.

El tercer aspecto es el político, porque es a los gobiernos, a distintos niveles, a quienes corresponde tomar decisiones que son en principio inaplazables, sobre cómo reactivar la economía, abriendo lo que a buena hora ordenaron cerrar y, haciéndolo, permitieron que de alguna manera se detuviera, o por lo menos desacelerara el crecimiento de la famosa curva de contagios.

Y aquí aparece, por desgracia, el fantasma de la polarización, porque ya estamos matriculados, la mayoría de nosotros en uno de los dos polos, y dependiendo de si nos gusta o no el gobernante que toma las decisiones, estamos de acuerdo o no con ellas. Esta es una situación tan alarmante, tan fuera de toda previsión, tan desconcertante, que nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para enfrentarla, y no va a ser porque sean de un partido o del otro, profesen una ideología o la otra, nos caigan bien o mal, que van a estar mejor o peor preparados para sacarnos adelante.

Naturalmente, en estas circunstancias, no hay nadie totalmente equivocado ni nadie tiene completamente la razón. Hay que evitar justamente los dos extremos, por un lado, abrir todo completa e irresponsablemente, y por el otro, mantener indefinidamente el confinamiento de todos, condenando a un enorme segmento de la población al desabastecimiento y al hambre.

El gran aporte de la “ciencia” y los “expertos” debe ser, traer a la mesa ayuda para encontrar los mecanismos que permitan restablecer el trabajo y la producción, manteniendo vigentes los procedimientos que han permitido que la curva de contagios se vaya aplanando, aunque no a la velocidad que queremos.

Eso de lavarse las manos, mantener la distancia, usar el tapabocas, etc., es algo con lo que tendremos que acostumbrarnos porque llegó para quedarse. Lo otro es que nadie estará obligando a quien no tenga que salir, que lo haga, esas personas que no necesitan salir, bien sea porque no están trabajando, o porque pueden hacerlo desde la comodidad de sus hogares, deben seguir quedándose en casa.

La idea es muy sencilla, mientras menos gente haya en las calles, en los establecimientos comerciales, en los lugares públicos, en bares, restaurantes y demás espacios comerciales, en oficinas, elevadores y salas de espera, menos riesgo habrá de que unos contagien a otros. Con menos gente en la calle serán inferiores las posibilidades de contagios, y esas cifras que a diario nos arrojan por todas partes, eventualmente se reducirán.

Simplemente no resulta justo que quienes no tienen necesidad de salir a trabajar, porque pueden hacerlo desde la comodidad de sus hogares, sean quienes más presión ejercen, oponiéndose a la reactivación de la industria, el comercio y la prestación de servicios. Su posición es, por decir lo menos, egoísta, porque si ellos mismos se quedan en casa, no salen por ningún motivo ni reciben a nadie que haya estado fuera, sus posibilidades de adquirir el virus son prácticamente nulas.

En cambio, quienes tienen que salir a trabajar, en muchos casos están tan necesitados de hacerlo, que están dispuestos a correr el riesgo de contagiarse y hasta de contagiar a sus seres más queridos. Pero es que la otra posibilidad, la de no producir para abastecerse de lo básico, para pagar las cuentas que no paran, no trabajar simplemente no es una opción.

La solución es entonces, como siempre, el punto neutro donde unos se queden – los que pueden, y otros salgan – los que tienen que hacerlo, y estos últimos tomando todas las precauciones posibles en materia de protección individual y distanciamiento social.

Cabe también a la creatividad de las empresas imponer otras condiciones que contribuyan a hacer más difícil que las personas se contagien, tales como unos días de la semana en casa y otros en el trabajo, horarios escalonados, rediseño de los espacios para aumentar la distancia entre las personas, alejando sus cubículos. Confiemos en Dios para que todo esto contribuya a derrotar la pandemia.    

Una normalidad nueva vendrá después de todo esto, y debemos prepararnos adecuadamente para recibirla. Tal vez una buena forma consista en abrir de par en par nuestro pensamiento, hacernos más receptivos a nuevas ideas y puntos de vista, dejar atrás esos dogmas del pasado que en situaciones como la que vivimos demuestran que carecen de sentido.

La realidad que comienza a abrirse ante nuestros ojos parece venir cargada de muchas novedades, comenzamos a ser más proclives a la generosidad, a la conciencia ciudadana, a ayudar más a nuestros semejantes, a cuidar mejor nuestro planeta, a dedicarle más tiempo de calidad a nuestra familia, a acumular menos objetos materiales y más experiencias que nos engrandezcan. Si el mundo viene trayéndonos su cambio, ¿por qué no lo recibimos nosotros, cambiando también?

 

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