El reto emocional de inmigrar.

 

Por: Diana Bello Aristizábal

 

DORAL, FL – De acuerdo con el Consejo Americano de Inmigración, uno de cada cinco residentes en la Florida es inmigrante, mientras que casi uno de cada ocho es un ciudadano nativo estadounidense con al menos un padre inmigrante. En el caso de Doral, esta realidad es aún más evidente, pues aproximadamente el 20 por ciento de la población es de origen venezolano y colombiano.

Dado que los inmigrantes constituyen la principal mayoría en la ciudad y ante el reto que significa inmigrar, se hace urgente hablar de las dificultades emocionales que enfrentan muchos de ellos, a veces en silencio, como consecuencia de este proceso.

“Hay un gran estigma social frente a la salud mental, lo que hace que muchas personas no pidan ayudan cuando la necesitan, aunque en el caso de los inmigrantes es normal que se presenten dificultades en el marco de lo que se conoce como trastorno de adaptabilidad”, asegura Flora Pazos, licenciada en salud mental de la Florida, sicoterapeuta y directora de Mercy Behavioral Center en Hialeah.

De acuerdo con la especialista, este trastorno lo sufren la mayoría de personas que llegan por primera vez a un país nuevo mientras ocurre el proceso de transición a una cultura con reglas y valores diferentes que las personas viven de forma similar a un duelo.

“Es un duelo múltiple porque perdemos familia, el ambiente, el idioma, las costumbres, la seguridad financiera y hasta la alimentación, una pareja o amigos”, asegura Pazos, quien también fue líder de equipo del Programa de ajuste para cubanos y haitianos de New Horizons, centro comunitario de salud mental en Miami.

Por lo anterior, la salud mental y emocional del inmigrante termina muchas veces comprometida como consecuencia de este “duelo”, siendo la depresión el problema que se presenta con mayor frecuencia. Se trata de una enfermedad clínica que se manifiesta con falta de energía, irritabilidad, pensamientos de tristeza y culpabilidad, estancamiento, falta de placer, autoestima baja y dificultad para tomar decisiones.

Al principio, esta condición puede no ser evidente porque la persona se encuentra en un periodo de luna de miel en el que todo es nuevo y produce alegría. Sin embargo, conforme pasa el tiempo, pueden comenzar a surgir algunos de los síntomas mencionados.

Muchos inmigrantes no llegan a deprimirse, pero sufren de ansiedad, la cual se manifiesta a través de los pensamientos y en el cuerpo. “Quien la padece, es invadido por una preocupación excesiva y temores racionales e irracionales como ‘me voy a morir’ o ‘nunca llegaré a donde quiero llegar’”, añade Pazos.

Junto a estos pensamientos, aparecen síntomas físicos como sudoración, dolor de cabeza, temblores, ataques de pánico o presión alta. En muchos casos, el individuo presenta simultáneamente depresión y ansiedad.

También hay quienes comienzan a tener problemas físicos que, a veces, no tienen una justificación médica como dolores de cabeza, insomnio, diarrea o problemas gástricos. Estos tienen una causa emocional aunque, en ocasiones, la persona no es consciente de esto.

Por otra parte, otro inconveniente con el que se encuentran algunos inmigrantes es tener que superar un estrés postraumático tras la llegada al país nuevo como resultado de eventos vividos en el de origen. Por ejemplo, ser perseguidos políticos o haber sufrido por violencia.

Del desajuste emocional a la búsqueda de un propósito

Pese a que son muchos los problemas emocionales y mentales que se pueden presentar en el proceso de inmigración, hay que entender que esta situación es normal al comienzo porque forma parte de la adaptación al cambio que está experimentando el individuo.

Eso lo sabe bien Aielet Zik, sicoterapeuta, especialista en terapia de pareja y de familia, dueña del programa online ‘Reprograma tu corazón’ y quien ha sido inmigrante en cuatro oportunidades: dos en Estados Unidos, una en Bélgica y otra en España.

“Cuando llegué a Bélgica, acompañando a mi pareja de ese entonces, estuve deprimida durante seis meses porque extrañaba el trabajo que había dejado en Colombia, mi país de origen, y a mi familia; no me gustaba el clima, ni la comida y no hablaba francés. Como resultado de mi tristeza, me dio neumonía”, cuenta Aielet.

Luego de seis meses, Aielet tomó fuerzas y decidió especializarse en terapia de familia y de pareja en la universidad y estudiar francés, aunque era la única de su clase que no hablaba el idioma y aún así debía sacar adelante sus estudios.

“No es que me haya llegado una luz repentina para salir de mi estado de ánimo, pues es un proceso. Todos necesitamos ese tiempo de sentirnos víctimas, de sacar las emociones y conectarnos con lo malo. Sin embargo, poco a poco vamos entendiendo nuestro propósito y el camino se abre”, comenta.

Por eso, ella recomienda entender que detrás de todo lo que ocurre en nuestras vidas hay un propósito aunque al principio no sea claro. En su caso, era avanzar en la formación de su carrera para luego retornar a su país a aplicar lo aprendido trabajando como terapeuta.

“El poder de cambiar las cosas a nuestro favor está en nosotros. A veces es fácil culpar a los demás o a las circunstancias de nuestra realidad pero si tratamos de sacarle provecho a cada situación, todo empieza a mejorar”, recomienda.

Flora Pazos tiene una opinión similar al respecto. Ella asegura que el proceso de inmigración es como una escalera que se sube poco a poco dando varios pasos, cada uno de los cuales nos acerca más a la meta.

“Yo, como casi todo el mundo, llegué con una mano adelante y otra atrás, no sabía inglés y mi primer trabajo fue de cajera en el Aeropuerto de Miami, ese fue mi primer paso. Tuve que estudiar el idioma, vencer obstáculos personales, regresar a la universidad y hacer horas de práctica para poder ejercer mi profesión”, cuenta Flora.

La sicoterapeuta logró alcanzar su meta pese a que algunas personas le aseguraron que jamás podría ejercer en Estados Unidos, pues es frecuente recibir comentarios negativos de otras personas que tienen más experiencia en el país de llegada.

Por eso, su consejo es buscarse una “prueba humana” que ella define como un modelo a seguir que haya logrado la meta que tiene en mente el inmigrante. “Siempre nos vamos a encontrar con personas que nos digan que no se puede, pero si alguien lo ha logrado, ¿qué nos hace pensar que nosotros no podremos?”, añade.

Aielet vivió una situación similar en su última experiencia como inmigrante en Miami, pues no pudo convalidar sus títulos en este país. Sin embargo, se especializó en hipnoterapia, gracias a lo cual pudo trabajar, creó el taller ‘Volver a empezar’, con el que ayudó a otros inmigrantes como ella a lidiar con sus emociones y cumplir su propósito de vida, y el blog ‘De la vida y otros espejos’.

De lo que se trata, entonces, es de encontrar una salida a cada situación vivida y, como dice Flora Pazos, contar las bendiciones, es decir, agradecer por lo que se tiene en lugar de concentrarse en las carencias.

Pero además de lo anterior, es clave rodearse de personas positivas que contribuyan con el crecimiento del inmigrante y hacer comunidad con quienes se tengan intereses en común.

Para Peggy Mustelier, sicóloga clínica, Vicepresidenta de Friends of Miami Dade detainees y creadora de un grupo de apoyo para mujeres inmigrantes de esa organización, establecer redes con otras personas es vital para no tener problemas emocionales.

“En el grupo que lidero veo que ellas al conectarse, formar amistad y ayudarse mutuamente aumentan sus defensas sicológicas porque pueden expresar sus emociones y sentirse acompañadas”, afirma.

Otro aspecto clave, de acuerdo con la especialista, es cultivar un sentido de quienes somos identificando los valores personales como una manera de descubrirse. Para esto, es importante tratar de mantener algunas costumbres que se tenían en el país de origen pero interiorizar las reglas y hábitos del nuevo país.

Además, escuchar historias de inspiración y tener claro que no porque se haya vivido algo negativo, se tiene que repetir. “En el grupo tenemos mujeres que han sufrido abusos pero el abuso no tiene que volver a ocurrir. Una mujer, por ejemplo, encontró una buena pareja a pesar de haber sufrido abusos desde niña”, asegura.

También puede ayudar no tomarse las cosas tan en serio, es decir, utilizar el sentido del humor como una herramienta para superar las dificultades. “Este representa una de las mayores defensas sicológicas que tenemos para enfrentar las circunstancias y no dejarse abrumar por las emociones”, afirma Peggy Mustelier.

En conclusión, en palabras de Aielet Zik, “es convertir nuestra realidad en algo positivo subiendo nuestra energía, buscando gente que vibre igual y entendiendo que no somos los únicos que estamos pasando por un proceso de inmigración. A veces pensamos que somos los únicos lidiando con problemas emocionales hasta que nos comunicamos con los demás y nos damos cuenta que todos tenemos luchas similares”, añade.

 

 

Herramientas para combatir los problemas emocionales

  1. Hacer ejercicio y meditación para aumentar la producción de serotonina que nos ayuda a estar más felices y tranquilos.
  2. Matricularse en clases de idiomas del país de llegada. “Esto ayuda a abrir muchas puertas”, dice Flora Pazos.
  3. Explorar la ciudad nueva para generar sentido de pertenencia.
  4. Alimentarse adecuadamente
  5. Ejercer el autocuidado.

 

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