Trastornos alimenticios: SI a la alimentación balanceada y NO a las dietas.

 

Por: Diana Bello Aristizábal

 

DORAL, FL – Entre el 25 de febrero y el 3 de marzo se celebra la Semana Nacional de Concientización en trastornos alimenticios con el propósito de generar conversaciones alrededor de esta problemática que, de acuerdo con la Asociación Nacional de Desordenes Alimenticios (NEDA por sus siglas en inglés) tiene un profundo impacto mental y físico, incluyendo la muerte.

Aunque actualmente existe un mayor nivel de conciencia, las cifras son preocupantes. Según NEDA, algunas encuestas nacionales estiman que 20 millones de mujeres y 10 millones de hombres en Estados Unidos tendrán algún trastorno alimenticio en algún momento de sus vidas. Además, la anorexia nerviosa, uno de los trastornos más comunes, cuenta con la tasa de mortalidad más alta entre los desordenes siquiátricos.

Dado el alcance de esta problemática, que afecta a niños, adolescentes y adultos de ambos géneros, es el momento no solo de poner el tema sobre la mesa, sino de conocer sus causas, entender el trasfondo de los trastornos alimenticios y efectuar acciones de prevención para fomentar comportamientos saludables alrededor de la comida.

 

Atracones de comida, bulimia y anorexia

Cuando se piensa en trastornos alimenticios, normalmente salen a relucir la anorexia y la bulimia que a lo largo de los años han estado sobre la palestra. Sin embargo, en los últimos años el trastorno de apetito desenfrenado, o atracones de comida, se ha convertido en el más común en Estados Unidos.

“En el 2014, cuando se actualizó el manual de diagnóstico, se añadió este trastorno que lo padecen quienes ingieren grandes cantidades de comida, usualmente en secreto o a escondidas y de forma rápida y urgente”, explica Stacey Rosenfeld, sicóloga, especialista certificada en trastornos alimenticios.

Según Dina García, nutricionista dietista registrada, especialista en alimentación emocional y compulsiva y promotora de la alimentación intuitiva y consciente, usualmente los atracones de comida ocurren en un lapso de tiempo de dos horas y están asociados con sentimientos de culpa y vergüenza.

“Muchas veces, quienes los sufren afirman no tener control sobre su ingesta de comida o no recordar lo que comieron. De alguna manera, no son conscientes de lo que está pasando porque están funcionando en piloto automático”, asegura la especialista.

El peligro de este trastorno es que, muchas veces, termina en bulimia cuando se busca compensar al organismo por el atracón de comida a través del vómito, tomando laxantes o realizando rutinas extenuantes de ejercicio con el fin de eliminar las calorías de más.

En este sentido, quienes se alimentan de forma compulsiva y luego eliminan las calorías ingeridas con métodos agresivos como los mencionados, no solo padecen del trastorno de apetito desenfrenado sino también de bulimia.

También puede ocurrir que alguien comience con un cuadro de anorexia, que se caracteriza por la restricción de comida, y luego desarrolle bulimia o el trastorno de apetito desenfrenado. “La gente suele moverse entre uno y otro trastorno”, explica Stacey Rosenfeld.

 

Una mirada a los factores de riesgo

La gran mayoría de especialistas en el tema coinciden en que la cultura de dieta en la que vivimos es la mayor responsable de que las personas terminen sufriendo algún trastorno puesto que se ha comprobado que un alto porcentaje de los individuos que comienzan una dieta caen en esta problemática.

“La cultura de dieta promueve la necesidad de restringirnos y la restricción es la fuerza detrás del trastorno de apetito desenfrenado porque los estudios han demostrado que cuando un individuo restringe su ingesta de comida por una dieta, es más propenso a comer compulsivamente como respuesta al estrés que esto le causa”, advierte Dina García.

Por eso, es preciso entender la diferencia entre cuidarse y hacer dieta. Para Stacey Rosenfeld, la gran diferencia radica en el motivo que exista detrás de adoptar cualquier régimen de alimentación.

“Si una persona manifiesta sentirse a gusto ingiriendo frutas y verduras, por ejemplo, porque le proporcionan energía, le permiten dormir mejor o tener una salud óptima, esa persona no está en dieta debido a que su elección obedece a otras razones más allá de perder peso”, añade.

Pero existen otros factores, además del cultural, que influyen en la aparición de un trastorno alimenticio, pues aunque es claro que todos estamos constantemente bombardeados por mensajes para perder peso, no todos caen en conductas peligrosas.

Se ha encontrado que el componente genético, la personalidad, el ambiente y la historia sicológica de un individuo pueden contribuir al desarrollo de un trastorno alimenticio. En este orden de ideas, quienes sufren de ansiedad, depresión, han tenido algún trauma sicológico o problemas con el alcohol o las drogas están en mayor riesgo.

En cuanto al ambiente, se trata de uno de los factores más importantes porque muchos adultos no logran aceptarse como son tras haber crecido recibiendo mensajes negativos sobre su cuerpo por parte de familiares o compañeros o por convivir en una familia que centraba demasiado su atención en el aspecto físico. “Se trata de una conducta que se pasa de generación en generación”, dice Dina García.

Por otro lado, también pueden desarrollar un trastorno de este tipo quienes tienen padres muy controladores, pues al haber tantas limitaciones y restricciones en el hogar, la persona siente que la comida es lo único que puede controlar en sus propios términos.

En este sentido, muchas veces los niños y adolescentes son quienes más están en riesgo al recibir los primeros estímulos sobre la alimentación. “Antes era común observar estos trastornos en la adolescencia y principalmente en las niñas, pero ahora vemos más desórdenes en varones que empiezan, incluso, desde la primaria”, dice Stacey.

  

Prevención y acción

Existiendo tantos factores de riesgo, la mayor medicina contra este flagelo es la prevención, la cual en las primeras etapas de vida recae sobre los padres, quienes aún teniendo el factor genético o de personalidad en contra pueden hacer mucho.

De acuerdo con Metee Comkornruecha, Director de la División de Medicina Adolescente del Nicklaus Children’s Hospital, lo más importante es empezar temprano. “Hay que tener cuidado con la forma en que le hablamos a los niños sobre su aspecto físico porque aunque la obesidad y el sobrepeso son un problema, debemos hacer más énfasis en quiénes son ellos como personas y no en cómo lucen”, explica.

Por otra parte, recomienda vigilar la información que reciben al respecto en la televisión, las redes sociales o Internet y entender que estas herramientas no deben funcionar como niñeras ni moldear el pensamiento de los niños.

“Necesitamos ayudarlos a entender lo que ven y explicarles que no todo lo que está en redes sociales es real, que así alguien se muestre muy sonriente con una figura delgada, no por eso es feliz, pues el aspecto físico no necesariamente está correlacionado con los sentimientos”, añade.

Por otro lado, el especialista sugiere a los padres conocer a los amigos que rodean a sus hijos y explicarles que aunque vayan a su misma escuela, muchas veces pueden no compartir los mismos valores, por lo que no tienen que repetir conductas con las que no se sienten cómodos. “Hay que enseñarles que los buenos amigos son los que te ayudan a ser una mejor persona”, asegura.

Además, es importante ayudarlos a reconocer y entender sus emociones, pues muchas veces los trastornos alimenticios aparecen como respuesta a una incapacidad para procesar las emociones adecuadamente.

“Una habilidad muy valiosa que deben aprender los niños es la capacidad de decir ‘mami no me siento bien’ o ‘mami estoy asustado’ porque al comunicar lo que sienten a sus padres, en lugar de guardarlo en sus cabezas o cuerpos, podemos ayudarlos a entender lo que sienten y validarlos”, asegura Stacey Rosenfeld.

De acuerdo con la sicóloga, esta es una habilidad que deben tener también los adultos aún si no la aprendieron en la niñez. En la medida en que entendemos un sentimiento y de dónde viene, podremos encontrar maneras más saludables de afrontarlo como acudir a un amigo, salir a respirar aire fresco, leer un libro o escuchar música.

De otro lado, es vital hablarles positivamente sobre la comida, sin juicios ni culpas, explicándoles que no existe comida buena o mala, enseñarles a aceptar su cuerpo y ser ejemplo de eso mismo y explicarles que no hay necesidad de restringir alimentos sino alimentarse balanceadamente.

Por último, conviene estar atentos, tanto en niños como en adultos, a las señales de alerta en un individuo como ansiedad o depresión asociados a la comida, aislamiento, no comer en público, afirmar de forma regular no sentir hambre cuando le ofrecen comida o decir que comerá luego o en otro lugar, ser incapaz de mantener un peso saludable o en los niños bajar significativamente en la curva de crecimiento,

Otras señales de que puede existir un problema son excusarse frecuentemente para ir al baño durante durante las comidas, mover el alimento alrededor del plato o cortar pedazos muy pequeños prolongando su ingesta.

Quienes sospechen que tienen un trastorno alimenticio o estén preocupados por algún familiar o amigo, pueden consultar la página web: https://www.nationaleatingdisorders.org/screening-tool con el fin de determinar si llegó o no la hora de buscar ayuda profesional.

 

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